El petróleo toca los 100 dólares, pero el diésel sube mucho más rápido. La brecha entre ambos combustibles acaba de llegar a un récord de 112 dólares por barril en Estados Unidos, y a 98 dólares en Europa a comienzos de septiembre, más del doble que en junio cuando promediaba 44,75 dólares.
Este fenómeno genera preocupación genuina. El diésel no es un combustible cualquiera: mueve los camiones, la agricultura y gran parte de la industria europea. Una escasez o un encarecimiento brutal justo antes del invierno repite la receta que en 2022 causó una crisis energética severa en el continente.
El cuello de botella real: las refinerías
El problema no está solo en que el petróleo sea caro, sino en la capacidad para convertirlo en productos útiles. Las plantas de refino en todo el mundo funcionan cerca de sus límites operativos. En Estados Unidos trabajan prácticamente a plena capacidad, y sus inventarios están un 13% por debajo del promedio de los últimos cinco años. Los suministros se ven reducidos por las interrupciones en Rusia y Oriente Medio, según advierte la Agencia Internacional de la Energía.
En España, el impacto ya es visible en las gasolineras. El gasóleo convencional ronda 1,90 euros por litro, las variedades premium superan dos euros, y el agrícola alcanza aproximadamente 1,61 euros. El Banco Central Europeo calcula que los costes y márgenes de refino sumaban alrededor de 35 céntimos por litro al precio final en julio, comparado con apenas 10 céntimos antes de la escalada.
Ganancias récord para refinadores
Mientras los consumidores sufren, las petroleras que logran mantener sus refinerías operativas registran beneficios récord. La austriaca OMV elevó un 85% su resultado operativo en combustibles en el segundo trimestre, con su margen de refino subiendo un 152%, hasta 20,33 dólares por barril. Repsol obtuvo 1.683 millones de euros en su negocio industrial en el primer semestre, comparado con apenas 235 millones un año antes.
Incluso Donald Trump reunió a finales de agosto a ejecutivos de grandes refinerías estadounidenses, como Marathon Petroleum y Valero, para discutir cómo aumentar la producción. El problema es evidente: pedir más combustible es fácil, producirlo rápidamente, casi imposible.