La paradoja salta a la vista: el mayor productor mundial de crudo acaba de asegurarse acceso privilegiado a reservas petroleras ajenas por décadas. Estados Unidos firmó un acuerdo que le concede control sobre 65.000 millones de barriles venezolanos—más que los 46.000 millones de sus propias reservas probadas—a través de 17 campos operados por North American Blue Energy Partners (NABEP). El Gobierno estadounidense controla el 35% de la empresa, puede comprar a precio de costo una quinta parte de la producción, y tiene derecho preferente sobre el 80% restante en emergencias. Además, posee capacidad de veto en el consejo de administración.

La pregunta obvia es: ¿por qué lo necesita? En 2025 Estados Unidos produjo un promedio récord de 13,6 millones de barriles diarios, casi un 40% más que Rusia o Arabia Saudí. Pero la abundancia de producción no garantiza tener los barriles correctos donde se necesitan.

El detalle del crudo pesado

Aquí interviene un factor que suele ignorarse en los debates sobre producción petrolera. Estados Unidos bombea casi 14 millones de barriles diarios, pero gran parte del crecimiento reciente proviene del shale—petróleo extraído mediante fracturación hidráulica—que tiende a ser ligero y con bajo contenido de azufre. Las refinerías de Texas y Luisiana, sin embargo, fueron construidas para procesar petróleos más pesados y con mayor contenido de azufre. Justo lo que Venezuela produce.

El crudo venezolano no necesita reemplazar al de Texas o Nuevo México. Debe complementarlo. Esa brecha explica por qué importar petróleo tiene sentido incluso para el mayor productor mundial.

Diversificación geopolítica

El conflicto reciente con Irán recordó otro cálculo estratégico: la concentración de suministros en una región es riesgosa. El tráfico por el estrecho de Ormuz sigue alterado. Cualquier fuente petrolera fuera de Oriente Medio gana valor. Durante años, las sanciones norteamericanas empujaron a Venezuela hacia compradores desesperados. China llegó a absorber el 80% de sus exportaciones. Washington no entra ahora en un mercado vacío, sino en uno donde Pekín ocupaba posición de privilegio.

Chevron ya apostó: anunció más de 7.000 millones de dólares en inversión durante los próximos cinco años y planea duplicar su producción venezolana a unos 600.000 barriles diarios. Con costos calculados por debajo de los 20 dólares por barril, mantendría margen incluso si el precio internacional cae.