Shenzhen, la fábrica de tecnología de China, tiene un problema de tráfico que ninguna innovación ha logrado resolver: las motos. No son coches eléctricos ni los drones de vigilancia vial los que gobiernan las calles de esta ciudad de 18 millones de habitantes. Son dos ruedas por doquier.
El volumen es tan extremo que rebasa cualquier comparación con las ciudades occidentales. En España es común que una moto te adelante por el carril izquierdo o cruce por la mediana. En Shenzhen, el fenómeno es de otra magnitud. Los scooters transitan por los pasos de cebra como si fueran peatones más. Se cuelan por aceras de apenas un metro de ancho. Algunas suben por escaleras. El estacionamiento alcanza niveles de saturación casi imposible: vehículos apilados tan juntos que da vértigo pensar cómo recupera su moto quien la estacionó primero.
Un transporte de masas sin regulación visible
Lo más sorprendente es la variedad de máquinas y pasajeros. Abundan los scooters tradicionales, pero también existen modelos más pequeños. Y no es raro ver tres personas en un mismo vehículo, sin que ello genere aparentemente ningún conflicto con la autoridad. Es movilidad urbana con reglas distintas a las que conocemos.
La ciudad ha invertido en tecnología sofisticada para gestionar el tráfico, incluidos drones de control. Sin embargo, esa presencia tecnológica no parece resolver el caos de motocicletas que caracteriza a Shenzhen. El fenómeno refleja una realidad: en una megalópolis asiática, el transporte de dos ruedas se convierte en la solución predominante para millones de personas, sin importar que esto genere un panorama urbano completamente ajeno a las lógicas viales occidentales.