El acceso a dispositivos es una decisión que divide a las familias. ¿A qué edad es apropiado? ¿Cuántas horas al día? Una propuesta basada en acuerdos familiares busca responder estas preguntas adaptando las recomendaciones a cada etapa de desarrollo.
Un compromiso que incluye a todos
La clave no está solo en las normas para los menores. Un verdadero compromiso digital debe ser bidireccional: los padres también deben asumir hábitos responsables, como no usar el móvil durante las comidas, limitar su propio tiempo de pantalla y prestar atención plena en los momentos compartidos. Cuando los adultos modelan buen comportamiento, el mensaje hacia los hijos es más coherente y creíble.
Las etapas: de 6 a 16 años
De 6 a 10 años: La tecnología debe ser ocasional y siempre acompañada. Los padres deben usar los dispositivos con los niños, no solo estar presentes. Es importante que cada actividad tenga un propósito claro: escuchar música, hacer fotos, consultar un mapa. Los tiempos deben ser limitados y realizarse en espacios comunes.
De 10 a 12 años: Comienza la autonomía, pero la supervisión debe mantenerse cercana. Antes de ampliar permisos, conviene evaluar si el niño sabe parar cuando toca, si comparte lo que hace sin ocultarlo y si cumple sus otras responsabilidades. Videojuegos y vídeos sí; redes sociales, todavía no. Explicar el porqué de cada límite es más efectivo que imponerlo sin razones.
De 12 a 14 años: El grupo social se vuelve central. La conversación reemplaza al control técnico como herramienta principal. Dialogar sin vigilar es esencial: si los adolescentes sienten que los espían, pierden confianza. Revisar juntos y de forma transparente protege sin vulnerar la privacidad. Mantener la frontera sobre redes sociales permite preparar el terreno para cuando finalmente accedan.
De 14 a 16 años: La autonomía es casi total. El rol parental transita desde poner límites hacia ser un referente confiable al que recurrir ante dudas.
En todas las edades, la madurez del menor importa más que el número de años cumplidos.