Ian McEwan acaba de publicar Lo que podemos saber (Anagrama), su nuevo libro situado en un futuro imaginado. La novela transcurre en 2119, cuando Gran Bretaña ha sufrido una catástrofe nuclear y se ha convertido en un archipiélago. En esa época, un investigador busca dos poemas perdidos que lo llevan a explorar el siglo XXI, tejiendo una trama de amor, traición y deseo que también cuestiona qué responsabilidad tiene una generación hacia las futuras.

La novela como instrumento único

Frente a la competencia del cine, internet y otras formas de comunicación, McEwan sostiene que la novela posee algo irreemplazable: la capacidad de capturar el flujo de la conciencia. Según el escritor británico de 78 años, el género permite examinar la mente individual y la propia de maneras que otros medios no pueden replicar. Además, sitúa a las personas en contextos sociales e históricos específicos, conectando la experiencia personal con su tiempo.

El autor no ve que la novela desaparezca, sino que evolucionará hacia un nicho cada vez más reducido. Aun así, rechaza la idea de que pueda ser sustituida: no existe por ahora un equivalente que cumpla la misma función.

Tecnología, privacidad y silencio

McEwan reflexiona sobre cómo la tecnología ha transformado la experiencia humana. Si bien internet permite compartir pensamientos, pocas personas transmiten en línea lo verdaderamente íntimo. El autor advierte que la privacidad está bajo amenaza y, con ella, el arte de la soledad. El silencio y la capacidad de dejar la mente en ensoñación se erosionan en un mundo donde los teléfonos capturan la atención constantemente.

En cuanto a la investigación histórica, McEwan ironiza sobre el futuro. Los investigadores tendrán acceso a enormes volúmenes de datos digitales, pero carecerán de la profundidad que ofrecen cartas y documentos personales del pasado. Examinar a alguien a través de registros digitales será menos revelador que analizar la vida de quien escribía cartas, porque esos datos no exponen el alma de las personas.

La novela de McEwan no pretende ser una predicción sobre lo que sucederá, sino una especulación sobre cómo interpretamos el pasado y sus complejidades. En tiempos de transformación digital acelerada, el escritor sigue apostando por la capacidad de la ficción para entender lo que realmente significa ser humano.