Los mejillones ofrecen un paquete atractivo: proteína abundante, grasa escasa y un precio accesible para el bolsillo. Incorporarlos a la dieta es sencillo si se sabe cómo prepararlos, algo que detiene a muchos consumidores innecesariamente.
Qué hacer antes de cocinarlos
La compra debe coincidir con el consumo: lo ideal es adquirirlos el mismo día. Para conservarlos vivos antes de cocinar, envolverlos en un paño húmedo y guardarlos en un cuenco dentro de la heladera. Nunca sumergirlos en agua, porque mueren.
La revisión es obligatoria. Hay que inspeccionar cada mejillón individualmente y desechar los que tengan la concha agrietada o rota, así como los que desprendan olor desagradable. Es un paso que toma unos minutos pero garantiza que nada arruinará el plato.
Limpiarlos correctamente
La preparación no requiere destrezas especiales. Colocar los mejillones limpios en agua fría para eliminar restos de arena o suciedad de la superficie. Algunos tienen filamentos (la bysso) que cuelgan de la concha: se retiran con un cuchillo o jalando hacia un lado. Una vez lista esta tarea, están listos para pasar a la cocción.
Lo que parece tedioso al principio se convierte en rutina después de hacerlo una o dos veces. El tiempo invertido en la preparación es mínimo comparado con el resultado final.
Su versatilidad permite cocinarlos al vapor, al vino blanco, con ajo, al horno o incorporarlos a pastas y arroz. Además, su preparación es rápida: en pocos minutos están listos para servir. Todo esto, sumado a su valor nutricional y su precio competitivo, hace del mejillón una opción práctica para quienes buscan comer bien sin gastar demasiado tiempo ni dinero en la cocina.