El cheddar es probablemente el queso más consumido del mundo, pero la versión naranja y fundente que encontramos en hamburguesas y sándwiches poco tiene que ver con su origen británico auténtico. La expansión industrial estadounidense transformó completamente la imagen del queso: de un lácteo pálido a ese naranja intenso que hoy domina en lonchas, dados o rallado en supermercados.

Un color que no es natural

Ese naranja llamativo —conocido popularmente como "naranja Trump" por su intensidad— no surge de forma natural en el queso. La industria lo añade deliberadamente durante el proceso de producción. El pigmento proviene de aditivos colorantes, fundamentalmente annato (también llamado bixina), un compuesto extraído de las semillas de la planta de achiote. Este colorante es legal, seguro y se utiliza en muchos productos alimentarios.

El cheddar británico original, elaborado de forma tradicional, mantiene tonos más claros: amarillos pálidos o blanquecinos. Su sabor es más intenso y complejo que su contraparte americana, con notas más pronunciadas y texturas menos uniformes.

Sabor versus apariencia

Aunque parezca contradictorio, el color naranja no afecta significativamente al sabor. Es simplemente un recurso visual que se popularizó en Estados Unidos como marca comercial. Las industrias estadounidenses adoptaron este tono para diferenciar sus productos en estanterías repletas y captar la atención del consumidor.

Hoy ese naranja artificial forma parte de la identidad del cheddar mainstream: lo vemos en hamburguesas, mac and cheese, pizzas, gratinados y hasta tartas saladas. En Europa, especialmente en tiendas especializadas, es posible encontrar el auténtico cheddar británico sin ese aditivo colorante, aunque resulta más difícil de localizar que sus versiones americanizadas.