Tortícolis es una de esas palabras que conserva viajes y transformaciones en su propia etimología. Llega al castellano desde el francés torticolis, que a su vez proviene del italiano torti colli, una expresión que significa literalmente «cuello torcido».
El término italiano originalmente no designaba una dolencia médica, sino un comportamiento. Se aplicaba a ciertos falsos devotos que inclinaban la cabeza de forma afectada para simular recogimiento y religiosidad. Era, básicamente, un sinónimo de hipocresía.
Del italiano a la medicina moderna
François Rabelais popularizó el vocablo en francés durante el siglo XVI. En 1535 lo utilizaba en ese sentido burlesco, para referirse a devotos fingidos. Décadas después, el término experimentó un giro: comenzó a aplicarse literalmente a personas con el cuello torcido debido a una distonía cervical o espondilosis cervical. El uso médico moderno que conocemos hoy, refiriéndose a la contractura cervical dolorosa, está documentado desde 1562.
Llega al castellano en el siglo XIX
En España, la palabra se incorporó recién en la segunda mitad del siglo XIX, adoptada directamente del francés. El diccionario de Vicente Salvá la recogía en 1846 como «mal o dolor que no deja poner derecha la cabeza». Su aparición en literatura española se documenta en la novela Insolación, de Emilia Pardo Bazán, publicada en 1889. La RAE tardó más: no la incluyó en su diccionario oficial hasta 1914.
Hoy la forma habitual es tortícolis, con tilde y pronunciación esdrújula. Existe también torticolis, sin tilde, aunque la RAE señala que es poco usada.