Las paredes de gotelé fueron la marca registrada de las casas españolas desde los años 60 hasta los 90. Ese acabado rugoso cubría las viviendas del país con una uniformidad casi absoluta. Luego llegó la modernidad con las paredes lisas, y miles de reformas se dedicaron a lijar y eliminar esa textura que tanto cuesta sacar. Ahora el ciclo se repite, pero con un giro inesperado: las texturas vuelven, aunque de manera completamente diferente.

Por qué el gotelé fue la solución de su tiempo

El gotelé no era un capricho estético. Durante las décadas de 1960 a 1990, España construyó millones de viviendas a un ritmo acelerado. Los constructores necesitaban métodos rápidos y económicos. Aplicar gotelé permitía disimular imperfecciones del yeso, irregularidades en paredes y techos, sin necesidad de alisados laboriosos que encarecían la obra. Era una solución práctica que terminó convirtiéndose en la cara de una época.

La nueva textura, con materiales modernos

Hace años, con la expansión de obra nueva en los 2000, las preferencias giraron hacia el minimalismo y las superficies lisas. Ese fue el fin del reinado del gotelé. Pero ahora, según expertos en interiorismo, las paredes texturizadas regresan a las viviendas. La diferencia es radical: no se trata de volver a la técnica antigua, sino de aplicar nuevas texturas con materiales y técnicas actuales que ofrecen acabados más sofisticados y variados.

Este retorno a la rugosidad representa un cambio en la forma de entender la decoración. Las paredes lisas y neutras siguen siendo opciones válidas, pero la textura emerge como una forma de agregar profundidad visual y calidez a los espacios. Es un ejemplo de cómo los ciclos de diseño se retroalimentan: lo viejo regresa, pero nunca igual.