La República Checa es conocida hoy más por su cerveza que por su cocina. En Praga y sus alrededores predominan el goulash y el cerdo asado, mientras que encontrar restaurantes con gastronomía nacional de calidad sigue siendo difícil. Sin embargo, esto no siempre fue así. La historia culinaria de la región cuenta un capítulo de esplendor que fue desapareciendo lentamente.
Un pasado culinario de referencia mundial
Hasta el siglo XIX, Praga era una de las grandes capitales gastronómicas de Europa. Cuando Napoleón ganó la batalla de Austerlitz, la ciudad rivalizaba con París y Viena como centro cultural y económico del continente. Su reputación culinaria era considerable: los checos dominaban técnicas para asar ganso que superaban las alemanas, elaboraban ñoquis con creatividad que los italianos no habían explorado, e incorporaban métodos franceses en sus salsas de carne que las hacían exceptionales.
Los banquetes del Reino de Bohemia —que existió hasta 1918— presentaban manjares sofisticados: faisán, tortuga, y platos como el Španělské ptáčky, un rollo de ternera relleno de otras carnes y encurtidos que reflejaba la ambición culinaria de la época.
El quiebre tras la Segunda Guerra Mundial
El colapso de esta tradición llegó con la instauración del régimen comunista. Los recetarios estatales de la era soviética estandarizaron la cocina, eliminando la creatividad y la diversidad que caracterizaban a la gastronomía checa. Este patrón se repitió en toda Europa del Este: la cocina se simplificó, se burocratizó y perdió su identidad.
Hoy, aunque emergen alternativas y restaurantes intentan recuperar la tradición culinaria, la gastronomía checa aún batalla por reconquistar su lugar. El país sigue teniendo acceso a ingredientes excepcionales —verduras, frutas del bosque, setas y caza— pero la memoria de cómo usarlos con la sofisticación de antaño se desvaneció.