La Cartuja de Sevilla reabrió sus puertas hace pocos meses bajo nueva propiedad. Tras cerrar en 2025, la fábrica cerámica volvió a producir vajillas en abril de este año. El proceso de recuperación implicó limpiar máquinas paradas, reparar equipos dañados y desalojar secciones ocupadas por palomas durante el tiempo de inactividad.

La planta ocupa más de 16.000 metros cuadrados en una nave industrial donde el ritmo de trabajo es constante pero pausado. Hoy trabajan 49 personas, número muy distinto a los 300 empleados que llegó a ocupar la fábrica en sus mejores épocas. Entre esas dos cifras se concentra décadas de historia.

Moldes que atraviesan el tiempo

El desafío principal no era construir una fábrica nueva, sino hacer funcionar la existente sin perder lo que la diferenciaba. Carmen Granja, directora general en esta etapa, encontró máquinas sin mantenimiento pero con potencial intacto.

El proceso de fabricación comienza antes de tocar la arcilla. Los artesanos preparan moldes de escayola que se basan en matrices antiguas, algunas originarias de 1841. Estas herramientas custodian los diseños originales de las piezas y permiten reproducir vajillas con características que se mantienen desde la fundación de la manufactura.

Los trabajadores más veteranos conservan técnicas que apenas han evolucionado en décadas. Su experiencia permite que cada pieza atraviese el mismo camino que hace más de un siglo: desde el molde hasta la inspección final antes de abandonar la fábrica.

La recuperación de La Cartuja representa la reactivación de una tradición cerámica sevillana que estuvo a punto de desaparecer. Con sus operaciones restauradas, la fábrica vuelve a contribuir al patrimonio artesanal español.