En Logroño existe un lugar que funciona como santuario durante la semana grande de las fiestas de San Mateo: el frontón Adarraga. Allí, entre partidos y encuentros, se perpetúa una costumbre que mezcla lo culinario con lo ritual: el bocadillo de sardina y guindilla en pan.
Esta tradición tiene raíces profundas. Lourdes y Eduardo Espiga fueron los artífices de convertir este simple bocadillo en un ícono. Durante décadas, sus manos pringadas de aceite abastecieron a riojanos y visitantes que se acercaban al frontón durante las festividades. Lo que comenzó como una apuesta culinaria se transformó gradualmente en un valor refugio, un gesto que define una parte importante de la identidad cultural local.
Un cambio de generación
En 2025, la gestión del ambigú del Adarraga pasó a manos de Luismi López Aragón, conocido en Logroño como Pámpano. Su ingreso al proyecto mantuvo intacta la esencia de la tradición: entró respaldando la receta original basada en sardinas y guindillas.
Lo interesante es cómo funciona el sistema. Días antes del inicio de las festividades de San Mateo, comienza una ceremonia particular: la selección de la sardina oficial de la temporada. Un jurado elige minuciosamente entre diferentes opciones, realizando una cata exhaustiva para determinar cuál será la estrella del baile festivo.