Umbralejo es uno de los ocho pueblos de arquitectura negra que caracterizan una comarca única en Guadalajara. Durante siglos, este asentamiento en las laderas del Pico Ocejón fue hogar de ganaderos y agricultores que aprovechaban la dureza del territorio con cultivos de secano: centeno, trigo, cebada y legumbres. Con el tiempo, sus habitantes sumaron la producción de carbón vegetal a sus labores cotidianas.

Las construcciones del pueblo emplean piedra local de cuarcita y pizarra, que le confieren ese aspecto oscuro típico de la arquitectura negra. Las casas se distribuyen en un trazado irregular, característica de los asentamientos rurales de montaña, que surgieron a partir de cabañas primitivas de pastores. El conjunto forma un paisaje medieval donde la piedra es protagonista absoluta.

El éxodo que casi lo borra

A mediados del siglo XX, Umbralejo enfrentó el mismo destino que muchos pueblos españoles: el éxodo rural. La falta de servicios básicos, la crisis económica y el aislamiento geográfico provocaron que sus habitantes migraran hacia ciudades con más oportunidades. A finales de los años sesenta, el pueblo quedó prácticamente vacío, con todas sus viviendas deshabitadas.

De no mediar una iniciativa especial, Umbralejo habría desaparecido del mapa junto con su patrimonio arquitectónico e histórico. Sin embargo, un proyecto de reconstrucción piedra a piedra ha conseguido que el pueblo recupere habitantes, aunque temporales: estudiantes y profesores que trabajan en su restauración y preservación. Este movimiento revierte lentamente el abandono y devuelve vida a las calles de piedra que durante décadas permanecieron en silencio.