La Carmen de Georges Bizet vuelve a Les Arts Valencia con una propuesta escénica que rechaza los lugares comunes. La producción, que se extiende hasta el 15 de octubre, parte de una caja escénica desnuda: una tarima elevada, sillas y poco más. Sin telón que guarde sorpresa, todo está a la vista desde el comienzo.

El director Ted Huffman, neoyorquino especializado en ópera y reciente designado al Festival de Aix-en-Provence, toma una decisión radical: despojar la trama de referencias españolas convencionales. Nada de mantillas ni abanicos. En su lugar, la acción arranca con actores, coro, bailarines e infantes uniformados con pantalones negros y camiseta blanca. Es la materia prima de cualquier drama.

Transformación gradual del personaje

A medida que avanza la ópera, ese vestuario homogéneo se fragmenta en un atuendo heterogéneo que personaliza a cada individuo. Carmen aparece primero como una cigarrera más, pero su actitud apática —manos en los bolsillos, lejos de la coquetería de sus compañeras— la distingue. Más tarde, con tacón y piernas al descubierto en la taberna de Lillas Pastia, su transformación física acompaña la evolución dramática.

La mezzosoprano Vasilisa Berzhanskaya evita la seducción mediante la voz para priorizar el registro emocional. Su interpretación cobra fuerza en momentos cruciales: la habanera fluye con matices orquestales, y el monólogo previo a la tirada de naipes —donde intuye su muerte— gana dramatismo por la dirección musical que lo rodea.

Precisión en la batuta

Michele Spotti, director italiano que este año se incorpora como invitado a la Deutsche Oper de Berlín, mantiene la titularidad en la Ópera de Marsella. Sobre Les Arts, su gesto es preciso y vigoroso: gobierna la Orquestra de la Comunitat Valenciana y tres coros con cuidado por el detalle. Maneja los tempos con flexibilidad, ralentizando o acelerando para acentuar contrastes y buscar momentos de mayor profundidad en la música. La dirección imprime carácter dramático donde la partitura lo exige, sin artificio.