En lo alto de la presa de Cavallers, en Lleida, hay un dispositivo minúsculo pero crucial: el deformámetro tridimensional. Se trata de un instrumento diseñado para detectar los movimientos más pequeños entre bloques de hormigón, aquellos que el ojo humano nunca vería pero que los ingenieros necesitan monitorear constantemente.

Cómo funciona el deformámetro

El aparato tiene dos componentes principales. Una parte se ancla firmemente al hormigón, mientras que la otra se fija como punto de referencia en la zona contigua, típicamente al otro lado de una junta de separación. Juntas, permiten medir desplazamientos relativos entre dos puntos en los tres ejes del espacio: horizontal (X), vertical (Y) y profundidad (Z).

La precisión es extraordinaria. Estos sensores pueden registrar cambios de hasta 0,01 milímetros, aunque los modelos más avanzados alcanzan resoluciones de 0,002 milímetros. Una lectura aislada tiene poco valor; lo importante es observar cómo varían estas mediciones a lo largo de meses o años, buscando patrones o anomalías.

Por qué se mueven las presas

Las estructuras como Cavallers, que alcanza 70 metros de altura y 360 metros de longitud, no permanecen estáticas. El hormigón se dilata y se contrae naturalmente debido a los cambios de temperatura. Además, la presión del agua en el embalse varía según el nivel, lo que genera desplazamientos leves pero medibles en la estructura.

Los técnicos comparan constantemente esas variaciones con los movimientos esperados y con datos de otros instrumentos de monitoreo. Si las cifras se desvían significativamente de lo previsto, pueden indicar problemas potenciales que requieren atención inmediata.