A principios del siglo XX, Australia Occidental enfrentaba un problema sin precedentes: millones de conejos europeos devoraban los cultivos y pastizales. En 1907, después de seis años de construcción, terminaron una valla que atravesaba todo el estado de norte a sur. Con 1.833 kilómetros de extensión, fue la valla ininterrumpida más larga del mundo en su época.
El proyecto, hoy conocido como State Barrier Fence of Western Australia (Valla Fronteriza Estatal de Australia Occidental), se suponía sería la solución definitiva. Pero ya mientras la construían, los conejos la cruzaban sin problemas. Tan inefectivo resultó que las autoridades decidieron agregar dos tramos más para proteger las áreas más vulnerables. Para finales de 1907, la red vallada combinada sumó 3.256 kilómetros.
Cómo llegaron los conejos a Australia
La historia comienza con los colonos británicos que, a partir del siglo XVIII, introdujeron conejos europeos en el continente. Lo que parecía inocuo terminaría siendo una de las peores plagas biológicas que ha conocido la región. Sin depredadores naturales ni enfermedades que los controlaran, la población explotó exponencialmente.
Para cuando se construyó la valla, los conejos ya dominaban vastas extensiones del territorio. La barrera física nunca pudo contener una plaga que ya se había dispersado demasiado y que, además, seguía reproduciéndose con velocidad desorbitada en ambos lados de la cerca.
El fracaso de la Rabbit-Proof Fence ilustra un patrón recurrente en la historia ambiental: la introducción de especies invasoras por decisiones humanas y los enormes costos de intentar revertir esos daños. La valla permanece en pie hoy, aunque en ruinas. Su legado es complejo: como símbolo de ingeniería ambiciosa, pero también como recordatorio de que algunas consecuencias no se pueden contener con muros.