Cuando el camarero abre una botella en el restaurante y sirve una cantidad pequeña al cliente, muchos repiten el mismo esquema: agitan la copa, huelen el vino, sorben y responden con un "me encanta". Pero ese procedimiento, aunque parece lógico, no responde a lo que realmente está sucediendo en esos segundos.
No es una cuestión de gusto personal
La prueba que hace el camarero no funciona como una degustación previa para decidir si finalmente vas a comprar la botella. Ya la elegiste de la carta y ya la vas a pagar: al restaurante no le importa si te gusta o no. Lo que el camarero necesita verificar es que el vino se encuentra en buen estado y no presenta defectos que lo hagan inservible.
Esos sorbos iniciales son una inspección rápida. El consumidor debe comprobar que el producto cumple con ciertos estándares básicos de conservación y calidad antes de que se sirva a todos en la mesa.
Qué buscas en realidad durante esos segundos
Uno de los problemas más comunes a detectar es el denominado "olor a corcho", un defecto que inutiliza el vino. Existen otros problemas de conservación que también deben identificarse en esa primera prueba: signos de oxidación, referencias a fermentación inadecuada o cualquier otra característica que indique que la botella no está en condiciones óptimas.
La respuesta correcta en esos momentos no es una evaluación de sabor personal. Es simplemente confirmar que el producto es bebible y está libre de defectos. Si el vino presenta algún problema, ese es el momento para rechazarlo y pedir otra botella. Después, el camarero sirve a los comensales.