En Barcelona desaparece uno más de esos hornos de barrio que horneaban su propio pan cada madrugada. El Forn de pa Bertran, ubicado en el Pasig de St. Joan en el Eixample, lleva cerrado más de un año. No por especulación inmobiliaria ni por falta de clientes, sino porque los trámites burocráticos se lo están poniendo imposible al hijo del dueño del local.

El horno funcionaba de forma ininterrumpida desde 1957, casi 70 años bajo el mismo oficio. En las últimas décadas era conocido especialmente por sus ensaimadas, cocas y cruasanes. Pero en septiembre de 2025, el último panadero falleció sin dejar heredero que continuara el negocio.

El muro de los trámites

Desde entonces, Roger Martí, hijo del propietario del inmueble, ha buscado activamente que otro profesional del gremio retomara la actividad. Encontró interesados. Sin embargo, denunció en la radio local que llevan meses esperando que el Ayuntamiento de Barcelona acepte la solicitud de traspaso de la licencia de panadería a su padre.

Martí señaló una diferencia incómoda: las grandes empresas pueden permitirse tener un local cerrado durante los meses que tarden los trámites. Un pequeño negocio familiar no. Mientras avanza la burocracia municipal a ritmo de caracol, el local queda vulnerable a los fondos de inversión, ese capital que busca justamente estos espacios abandonados en zonas céntricas para transformarlos en algo más lucrativo.

Un patrón que se repite

La desaparición de panaderías tradicionales suele atribuirse a dos causas: la ruralización de la economía y la presión inmobiliaria en ciudades. Barcelona ejemplifica un tercer problema menos visible: cuando la tramitación administrativa se vuelve tan lenta que mata negocios viables. Un horno que tenía cliente, que tenía sucesores dispuestos y que llevaba décadas funcionando, no cierra por inviabilidad del oficio, sino porque esperar resulta insostenible.