Las legumbres son una base proteica en cualquier dieta equilibrada. Pero a la hora de elegir entre las secas de toda la vida y las de lata, los números nutricionales cuentan una historia distinta que merece la pena conocer.

Las legumbres en conserva no son más que las versiones ya cocidas y listas para comer. Pasaron por un proceso industrial de cocción y se almacenan sumergidas en agua, sal y aditivos que garantizan su durabilidad. Las secas, en cambio, requieren preparación previa pero llegan sin aditivos.

Las diferencias que importan

Una lenteja seca contiene 304 calorías por cada 100 gramos, mientras que la misma cantidad de lenteja de lata tiene apenas 109. Lo mismo sucede con garbanzos (341 vs. 120 calorías) y judías blancas (284 vs. 101). Este contraste es casi mecánico: el líquido de la conserva reduce la concentración de nutrientes por peso.

En proteínas y fibra, el panorama es similar. Las legumbres secas casi triplican o cuadruplican estos valores. Una lenteja seca aporta 23,2 gramos de proteína por 100 gramos; la de lata, 8,8. Con la fibra ocurre lo mismo: de 17 gramos en la seca a 3,8 en la conserva.

El sodio, el punto crítico

Acá está el giro importante. Las legumbres en conserva contienen mucho más sodio que las secas. Las lentejas de lata tienen 238 miligramos contra 24 de las secas. Los garbanzos en conserva alcanzan 220 miligramos versus 25 en su versión seca.

También pierden potasio, hierro y calcio durante el proceso industrial de cocción y almacenamiento. Una judía blanca seca tiene 1337 miligramos de potasio; en conserva, 362. El hierro cae de 6,2 a 2,8 miligramos en garbanzos.

En resumen: las legumbres secas son nutricionalmente más densas, pero exigen tiempo de cocción. Las de lata ofrecen conveniencia inmediata, aunque con menos nutrientes y un aporte mucho mayor de sodio. La elección depende de tu rutina y tus necesidades dietéticas.