Cuando las temperaturas bajan y oscurece antes, muchas personas sienten que su estado de ánimo decae. No es simplemente nostalgia: existe un fenómeno documentado llamado trastorno afectivo estacional (TAE), que afecta a hasta el 10% de la población durante los meses de menos luz.

Por qué la falta de luz cambia nuestro ánimo

La luz natural regula nuestros ritmos circadianos, el sistema interno que controla el ciclo sueño-vigilia. Cuando disminuyen las horas de sol en otoño, menos luz llega a nuestros ojos y la glándula pineal reduce la producción de serotonina, el neurotransmisor vinculado al estado de ánimo. Simultáneamente, aumenta la melatonina, la hormona que facilita el sueño. Este desajuste afecta directamente cómo nos sentimos.

Pero la luz no es el único factor biológico en juego. Durante el otoño, las infecciones estacionales activan el sistema inmunológico, que libera sustancias proinflamatorias capaces de interferir con neurotransmisores clave como la serotonina y la dopamina. Este proceso puede intensificar síntomas de ansiedad y depresión.

El rol del comportamiento y la rutina

Junto a los cambios biológicos, nuestras acciones contribuyen al bajón otoñal. Con el frío, reducimos actividades al aire libre y, con ellas, la interacción social. Esta menor conexión con otros afecta la regulación emocional, en parte porque disminuyen hormonas como la oxitocina, relacionada con el bienestar social.

El cambio de rutinas también importa. Nuevas responsabilidades laborales o escolares pueden elevar el estrés, lo que a su vez aumenta los niveles de cortisol y empeora síntomas de ansiedad. Además, el clima desalienta la actividad física, y el ejercicio es fundamental para liberar endorfinas y mantener el equilibrio emocional.

No todas las personas son igualmente vulnerables. Quienes tienen predisposición genética a trastornos de ansiedad y depresión tienden a ser más sensibles a estos cambios estacionales. Reconocer estos factores es el primer paso para cuidar la salud mental durante el otoño e invierno.