En redes sociales circula una tendencia llamada pheromone maxxing: saltarse la ducha, abandonar el desodorante y el perfume, y confiar en que el olor corporal natural atraiga a otros. La premisa es que las secreciones corporales liberan feromonas capaces de aumentar el deseo sexual. Sin embargo, cuando la ciencia entra al juego, esa lógica se desmorona.
¿Tenemos feromonas sexuales?
En animales, las feromonas son sustancias químicas reales que desencadenan comportamientos específicos. Pero en humanos, la evidencia es mucho menos clara. No existe consenso científico sobre si producimos feromonas sexuales con el mismo poder que otros mamíferos.
Tristram Wyatt, investigador de la Universidad de Oxford, analizó cuatro sustancias químicas candidatas a ser feromonas humanas: androstenona, androstenol, androstadienona y estratetraenol. Su estudio, publicado en Proceedings of the Royal Society B, no logró clasificarlas como feromonas reales. Otros experimentos posteriores, donde se probó si estas sustancias modificaban la percepción del atractivo facial, tampoco encontraron efectos significativos.
Lo que sí importa: tu cerebro
Donde la ciencia encuentra algo más sólido es en la conexión entre olfato y cerebro. Estudios demuestran que el olor corporal afecta regiones cerebrales vinculadas con la memoria y las emociones. Esto significa que tu cerebro interpreta un olor según tus experiencias, recuerdos y contexto personal, no según supuestas moléculas mágicas.
Una investigación publicada en Physiology & Behavior mostró que las mujeres valoraban como más atractivo el olor de sus parejas o personas conocidas. Pero los científicos concluyeron que esto se debía a la familiaridad, no a feromonas. El olor de alguien que conocés es más atractivo porque tu cerebro lo asocia con esa persona en particular.
En resumen: el pheromone maxxing se basa más en esperanza que en biología. Tu atractivo depende de mucho más que evitar el jabón, y el olor corporal no tiene el poder seductor que la tendencia promete.