Alba de la Cruz trabajaba como ingeniera aeronáutica en una empresa multinacional de Sevilla cuando decidió cambiar de rumbo por completo. Dejó su puesto profesional y regresó a Estepa, su pueblo natal, para dedicarse a la elaboración artesanal de mantecados en el obrador familiar, un negocio que funciona como museo y dulcería.
La decisión tiene raíces profundas: fue su abuelo quien fundó el obrador hace décadas, iniciando la tradición de dulces artesanos dentro de la familia. Cuando su padre recuperó las recetas y procesos originales, Alba quedó fascinada por ese legado. Así lo explicó en un programa televisivo: aunque los aviones le atrajeron como profesión, sintió que los mantecados eran parte de su esencia.
La batalla de lo artesanal contra lo industrial
En su obrador, Alba sigue utilizando maquinaria heredada de su abuelo: una amasadora y un horno que están próximos a cumplir cien años de funcionamiento. Esta metodología marca una diferencia sustancial con la producción moderna.
Según ella, el mantecado tradicional requiere un trabajo manual específico que cambia completamente la textura del producto. Mientras que las grandes empresas fabrican miles de kilos diarios mediante procesos industrializados, su obrador produce alrededor de 300 kilos por día.
Alba es crítica con la transformación que ha sufrido el mantecado de Estepa: considera que el proceso artesanal es lo que le otorga autenticidad al dulce, algo que la producción en masa ha dejado de lado. Su apuesta es mantener viva la tradición contra las tendencias comerciales que dominan el sector.