Hay un trastorno alimentario que no tiene nada que ver con el capricho o la rebeldía infantil. Se llama ARFID (trastorno de ingesta restrictiva de alimentos por evitación) y convierte algo tan básico como comer en una experiencia traumática para quien lo padece.

Danielle Meinert, una escritora estadounidense en sus treinta, lleva más de 25 años sin probar una ensalada. No es que no quiera: su cuerpo literalmente no puede. El olor de la mayoría de verduras y frutas le provoca arcadas involuntarias. Durante años, comía solo pan y queso. Su lista de alimentos tolerables era tan limitada que vivía en un estado de restricción constante.

Lo que distingue al ARFID del simple rechazo a ciertos alimentos es que la reacción es fisiológica, no psicológica. El organismo rechaza el alimento con violencia: náuseas, vómitos, ansiedad. No se trata de una elección personal sino de una incapacidad real del cuerpo.

Un diagnóstico esquivo

El problema es que el ARFID sigue siendo muy desconocido, incluso entre profesionales de la salud. Se confunde constantemente con el rechazo típico de la infancia o con ser simplemente exigente con la comida. Las personas sin diagnosticar son acusadas de caprichosas, meticulosas o "especialitas".

Esta falta de comprensión genera aislamiento social y un sentimiento profundo de incomprensión. Quien lo padece experimenta culpa por no poder comer lo que otros comen sin problema, mientras que el entorno no entiende por qué algo tan "simple" resulta imposible.

Más allá de la infancia

Aunque el ARFID se asocia principalmente con niños y adolescentes, también afecta a adultos. El trastorno persiste a lo largo de los años si no se diagnostica ni se trata adecuadamente. Cada comida compartida, cada situación social que implique comer, se convierte en un desafío.

La falta de investigación y conocimiento hace que muchos casos pasen desapercibidos durante décadas, dejando a quienes lo sufren atrapados en ciclos de restricción y exclusión.