Cuando la rutina aprieta, la cena y la cama se juntan. El trabajo se estira, quedan tareas por terminar, y entre eso y el pijama pasa poco tiempo. Pero esa cercanía tiene consecuencias.

El psicólogo Marcos Apud argumenta que dormir con el estómago vacío es uno de los hábitos que más afecta la calidad de vida. Su recomendación es clara: comer al menos tres horas antes de acostarse. No se trata de eliminar la cena, sino de crearle espacio en la noche.

Por qué importa separar estos momentos

El descanso no es solo una pausa reparadora. El sueño tiene roles concretos en el cuerpo: fortalece el sistema inmunológico, consolida la memoria y favorece el aprendizaje. Llegar a la cama con el estómago lleno interfiere en estos procesos.

Las guías médicas coinciden: evitar comidas abundantes antes de dormir es lo ideal, aunque un tentempié ligero sigue siendo aceptable. Lo importante es ese margen de tiempo que permite que el proceso digestivo avance antes de acostarse.

Más allá de la cena

Apud ve la cena temprana como una pieza dentro de una estrategia más amplia. Bajo el concepto de biohacking (optimizar el bienestar mediante pequeños cambios), incorpora otras prácticas: el ayuno intermitente, las duchas frías y reducir la exposición a la luz azul al anochecer.

El denominador común es preparar el cuerpo para dormir mejor. Adelantar la cena crea un efecto dominó: deja tiempo para bajar progresivamente la iluminación, crear un ambiente más tranquilo y organizar la cocina sin apuros antes de descansar. Son detalles que, sumados, mejoran la calidad del sueño y, con él, la calidad de vida en general.