El neón se descubrió en 1898, pero tardó poco en convertirse en protagonista de los paisajes urbanos. En 1913, el ingeniero francés Georges Claude vendió el primer letrero de neón a una peluquería parisina. La moda se expandió rápidamente y Varsovia se convirtió en una de las ciudades europeas donde más proliferaron estos letreros luminosos.

Entre las décadas de 1920 y 1930, la capital polaca exhibía decenas de anuncios de neón de distintos tipos y tamaños. Ese esplendor duró poco: la Segunda Guerra Mundial arrasó la ciudad y con ella casi la totalidad de estos letreros.

El giro inesperado de los soviéticos

Lo inesperado sucedió después de la guerra. A finales de los años 50, las autoridades soviéticas decidieron recuperar los letreros de neón, pero con una particularidad crucial: los usarían para iluminar y colorear las ciudades, aunque bajo su control ideológico estricto. No se trataba de restaurar la frivolidad capitalista de antes, sino de crear anuncios que reflejaran los valores y objetivos del régimen.

Este giro histórico es el corazón del Museo del Neón de Varsovia, un espacio especializado dedicado exclusivamente a estos letreros luminosos. El museo reúne ejemplos de la época comunista y conserva la historia de cómo la tecnología del neón fue reinterpretada bajo una ideología distinta.

Un encuentro entre arte, tecnología e historia política

El museo demuestra cómo un mismo elemento visual —un letrero de neón— puede contar historias radicalmente diferentes según quién lo controle y en qué contexto se use. Los letreros soviéticos de Varsovia representan una versión particular del diseño urbano, donde la estética se cruzaba con mensajes políticos deliberados.