En 1971, el gobierno español impulsó una decisión que parecía razonable: traer 11 muflones europeos al Parque Nacional del Teide en Tenerife para potenciar la caza mayor. Nadie anticipó las consecuencias. Medio siglo después, esa introducción deliberada se convirtió en uno de los problemas ecológicos más serios de Canarias.

De 11 a más de 500 animales sin depredadores

El muflón (Ovis orientalis musimon) es originario de Córcega y Cerdeña. Sin depredadores naturales en la isla y con un entorno donde los recursos se distribuyen de forma limitada respecto al continente, la población explotó. Los cálculos actuales indican que hay mucho más de 500 ejemplares, según afirmó Jaime Coello, director de la Fundación Telesforo Bravo. Estos animales se ven no solo en las cumbres, sino cerca de núcleos habitados y en zonas de Corona Forestal donde hace poco era impensable encontrarlos.

El daño es visible en el terreno: los muflones pisan y devoran la vegetación autóctona sin control. Ocupan las alturas del Teide entre los 1.400 y los 3.100 metros, convirtiendo zonas de gran valor ecológico en pastizales degradados.

Un problema que se expande más allá de Tenerife

La amenaza no se limita a una sola isla. En La Palma ya hay documentados ejemplares híbridos producto del cruce entre muflones y ovejas domésticas, lo que suma complejidad al manejo de la especie invasora.

El Parque Nacional del Teide, con sus 19.000 hectáreas, forma parte del Patrimonio Mundial de la UNESCO. Su degradación por la presencia incontrolada de muflones representa no solo una pérdida ecológica local, sino la alteración de un ecosistema único. Lo que comenzó como un proyecto de cazadores sigue sin resolverse, y cada año que pasa, la recuperación de estos espacios se vuelve más difícil.